El “Hobby” de mi marido

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Por: Eva H. Krast

(Tomado y traducido de “DEUTCHE BRIEFMARKEN ZEITUNG” Sept-1969)

Cuando nos casamos, mi marido trajo a nuestro hogar, entre otras cosas, algunos álbumes y una caja de zapatos llena de sellos. Yo no me preocupé entonces, porque yo le había prometido amarlo con todas sus cualidades, su debilidades y sus hobbies. Por otra parte, aquellos papelitos anodinos y coloreados no me parecían peligrosos. ¡Al menos así pensé!. Pero pronto me di cuenta de que coleccionar sellos no era un simple hobby. No es una ocupación para las horas perdidas, sino un trabajo diario; no el “El violín de Ingres”, sino una verdadera “Weltanschauung” (Concepción del mundo). La filatelia ha transformado mi vida.
En primer lugar, se me ha suplicado no abrir mis cartas con el dedo índice, sino con cortapapeles, para no dañar el sello, el cual debe ser cuidadosamente recortado de inmediato, aún antes de leer la carta. Yo tenía la costumbre de comprar los sellos en la medida que los necesitaba para mi correspondencia, ahora se me entregan clasificados: los ordinarios, para el Ministerio de Finanzas y otras oficinas administrativas, las tarjetas postales para los parientes lejanos; los conmemorativos, para los parientes cercanos y los amigos, a quienes naturalmente, yo debo rogar que me devuelvan el franqueo. Igualmente, yo debo mendigar sellos de mis antiguos colegas, mis proveedores y todas mis amistades. También me fue preciso registrar el granero de mis padres y buscar cartas de amor de mis antiguos admiradores. Aunque estas eran muy numerosas, mi marido no mostró celos de ninguna clase, claro, lo esencial eran los sobres y no las propias cartas.
¡A propósito de estos admiradores y amigos! Para mi cada uno de ellos constituían un grupo de seres con personalidad propia, pero pronto, muy pronto reconocí que en el mundo no existen más que dos clases de hombre: los que coleccionan sellos y los otros. Andando el tiempo aprendí también que es insensato hacer proyectos para la noche en que llegará una nueva revista filatélica; que ninguna factura o reclamo, ni siquiera el anuncio de un premio en la lotería, pueden rivalizar con la carta de otro filatelista. Yo me di cuenta de que los amigos que canjean sellos con mis amigos no se interesan por una buena comida, preparada con todo cuidado, sino que prefieren cosas que puedan comerse sin engrasarse los dedos, y sin interrumpir su ocupación favorita. En cuanto a mí, estaba completamente demás. Jamás se me miró o se me dijo un cumplido. ¿Qué era yo en comparación con una colección del Vaticano? Pero no se crean que yo no tenía nada que hacer con respecto a los sellos ¡Oh, claro que sí! A mi se me asociaba ocasionalmente -andando el tiempo más y más- a los trabajos pequeños. Se me permitía lavar los sellos corrientes, catalogarlos y ponerlos en sobres, escribir a máquina cartas a los amigos filatelistas y admirar, en ciertas circunstancias las piezas raras, sin embargo, yo no podía tocarlas: mi marido confiaba a mis manos, sin temor alguno, su persona y sus hijos, pero jamás la “Paloma de Basilea”.
Algunas veces yo encontraba escritas en mi lista de compras un catálogo y otros accesorios. Pero aún cuando me esforzaba por expresarme correctamente, aprendiéndome de memoria lo que tenía que pedir, el comerciante me respondía siempre con cierta condescendencia, como un experto le habla a un profano, en cambio empleaba toda su seducción con mi hijo, un futuro cliente: no era más que un niño, pero sin embargo, un hombre.
Por otra parte, durante todos estos años, mi marido jamás ha notado, que con el paso del tiempo, yo me había convertido a su lado, en una verdadera filatelista.

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